EL ESCRITOR



Hacemos porque somos o nos convertimos en lo que hacemos.

Esto de escribir se está volviendo adictivo. Cuando fui a conocer al Pepe también conocí a Marilena, una ragazza italiana -bambina di anima come me- que estaba con otra alma libre viajando con la misma intención. Años después nos encontramos en su tierra y la de mis nonos, precisamente en Torino, solo que no para lo que imaginaba.  A veces pienso, idealizo tanto y utopizo situaciones que después; entiendo el destino las pone en su lugar, como a mí. Del encuentro aprendí que soy de DAR, aunque no reciba por igual, y que lo elijo igual; porque está en mi esencia y sino me siento mal. También una vez me dijeron que no tenía que dar para que me quieran, y como me dolió, quizá haya una cuota de verdad. Compartir es vida y la vida es compartir, hasta carece de sentido si no hacemos algo para los demás. Gracias a ella, me compré un piano acá y me dejé de dar vueltas semi-profesionales (si a nivel “profesional” me quiero dedicar, en este caso hablo de la música; me refiero a un nivel de expertiz). También aprendí que depender me hace sentir mal y que encerrado me estanco y pudro como una flor, necesito del sol y área; como todos que necesitamos de nuestro espacio. Como San Giovanni y Marilena, quiénes me abrieron las puertas de su casa. Bueno, el primero fue denominado santo un poco porque no se animó a echarme, porque es santo, y segundo porque me abrió su corazón, familia, puertas de su casa, trabajo y amigos. Y quizá como recompensa a su tarea (mi modo de leer la experiencia) también era la de aprender a poner límites (como yo conmigo mismo; no sentarme a esperar que me echen o a sentirme que molesto) y a elegir un menú sin pedir un consejo. 

 

“No puedo parar de escribir”, me dije. “No puede ser”, con teclado, sin. Con papel, sin… en notas. Etc. Al infinito, al cielo ida, vuelta e ida. Como le decía que la quería a la Abu Vir.

Se tornó una paz a mi soledad, un entendimiento a mi consciencia, y un descargo a mi ansiedad cuando no sé ni entiendo qué estoy viviendo. Me siento acompañado solo, el tiempo pasa y yo estoy acá, presente. Como cuando tomaba mates en José Antonio Cabrera al 3.000. En esa plaza mundial, cerca de parque las heras (dónde me dejé robar la última vez), en una plaza animal. Allí paseaba a Toby sin correa, porque entendí que ese cane -no mascota sino ser vivo animal no humano- necesitaba esa libertad; y supe entender, apoyar y confiar. Amándolo con locura y libertad.


 
Los animales nos vienen a enseñar su reflejo como nuestra identidad, y si nos abrimos a ellos (quiénes nos elijen como lo hace la mujer en cualquier relación tradicional; a menos que ya los dos se hayan aprendido a valorar) logramos ver TODO lo que nos gusta de nosotros mismos, porque ellos lo tienen. Y todo lo opuesto, que también es igualito. Seres de Dios, gracias. Por eso debemos defenderlos, cuidarlos y protegerlos. Porque nos puede tocar, si ya no lo hizo, vivir esa (como otra) vida igual de animal.

 

Mientras escribo esto un perro mezcla me mira y sonríe, como diciéndome “dale, escribí lo que sabés que tenés que decir porque lo sabés de conocimiento y no porque lo pensás”. Todos tenemos esa sabiduría interna, que quizá no nos enseñen en la escuela a desarrollar, pero que, si buscamos, la vamos a encontrar. Entonces, reformulo: “Somos (cuando “somos”) conscientes de que un animal -para nosotros “hermoso” por los colores misturados- es manipulado por nosotros para que sean de un color o característica específica para ser vendido a un alto valor sólo para usufructuar?” PENSEMOS, razonemos, por favor. Que es lo único que nos distingue de ellos… y quizá hasta nos diferencie que hoy día vivimos desconectados de lo natural; nuestro interior. 

 

Dejar para el momento lo que tenga que dejar, y ser más natural. Cuánto me cuesta a veces no pensar, respirar a consciencia y meditar. La rutina que me sirve un día otro me es una obligación que me ata y condiciona mi libertad. Como el camper que me espera en otra ciudad, mientras tanto voy, viajando sin parar. “Sin pausa, pero sin prisa”, decía mi abuelo Pilo. Todas experiencias de vida compartidas como lecciones para quiénes sepamos apreciar.

Y cierro el pc mientras me digo “basta, porque sino, no me voy más”. ¿Por qué siempre busco una señal? ¿Será que mis límites he de trabajar? ¿O será que me siento un poquito loco (mucho) y a éstos el señor les ha de encomendar? Esta vez se tiene que terminar, la presión anti-natural. Como mis uñas, que quiero dejar de masticar. Quizá para ellas, quizá para esto, un poco más pueda cancherear… y el precio que he de pagar será el mismo que el tiempo que he de esquivar. Con lo cuál, no seré más mezquino con el amor que me he de dar -que es el mismo que creo heredar y merecer, y no desertar- y como hizo Jesús, las cosas nuevas deberé labrar. “Yo hago las cosas nuevas”. Gracias Maestro. 

Tan solo una vuelta más, para decir, ya es perfecto. Como es, porque es. Y que Dios sea AHORA. Padre, hazme curar. Y cuándo algo no puedas sanar, di como yo: “Aléjate, Satanás”. En el hombre de Jesús. Y en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Yo creo en María, en los ángeles y en la creación. En todo el universo, en los animales y en nosotros. En cada uno y en uno. En nosotros. En la UNICIDAD. El amor, la paz, la libertad, el alma, el cuerpo, el espíritu y algo más: en la infinidad. AMÉMONOS, que lo tradujimos mal en un “amén”; y era “ámense”. Palabra de Dios.

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